sábado, 11 de diciembre de 2010

LA PROFESORA ADJUNTA

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. Claustro de Profesores a las puertas del Instituto "El Brocense" de Cáceres (año 1950)

LA PROFESORA ADJUNTA
(Historia de una madre de familia numerosa)
-Cuento autobiográfico-
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De
Eladia Montesino-Espartero Averly
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El joven matrimonio Rávena, en el corto espacio de doce años, y por sus pasos contados, llegó a la bonita suma familiar de ocho hijos. (Familia numerosa de primera categoría)
 
.A pesar de la contextura de la señora de Rávena, fina y pequeña—según su marido, tenía muchos metros debajo de tierra—; los hijos al nacer eran unos angelotes rubios que pesaban cuatro kilos. Sólo uno que vino al mundo prematuramente por una caída de la futura madre, no tenía el desarrollo físico debido. Ella le mi­raba entristecida y le llamaba «su patito feo», recordando aquel cuento de Andersen que leyó cuando era niña y que tanto le había impresionado.
 
.—Será el más guapo de todos— se decía.
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Pero a medida que pasaba el tiempo, le veía consumirse, a pesar de llevar al extremo sus cuidados y sus mimos, incluso contravi­niendo los más elementales consejos de la higiene infantil, pues el niño no dormía en su cuna, sino en la cama a su lado, para dar calor con su cuerpo a aquel pobre cuerpecito falto de calorías y de vida.
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Pero sucedió lo que irremisiblemente tenía que suceder. Una noche que no se borraría jamás de su memoria, sintió un casi im­perceptible estremecimiento en su brazo, sobre el que descansaba la cabecita del niño, y que la hizo estremecerse de pies a cabeza. Aterrada, gritó más que dijo a su marido:
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-¡Enciende!
-¿Qué pasa?
-¡El niño!
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Así era. Ya, entre sus brazos, sólo tenía un montoncito de hue­sos y pellejo, envuelto en unas telas que abultaban y pesaban mucho más que él. ¡Primer rudo golpe que el matrimonio Rávena sufría!
 
Cuando a la señora de Rávena le acongojaba alguna amargura, sentía la necesidad de trasladarla al papel en cortos renglones y en combinación con las Musas del Parnaso. No es de sorprender, pues, que entre sus papeles (cuenta de la plaza, lista de la lavandera, etc.) encontráramos una «Nana» que decía así en una de sus estrofas:
 
.¡Nanita trágica!
Se durmió para siempre
mientras cantaban
sollozando, mis labios,
esta tonada:¡
A la nanita ea
anita nana!
¡Ay, vida de mi vida,
alma de mi alma!

.Toda aquella numerosa y pequeña prole fue creciendo, y los gas­tos aumentaban que daba miedo. Chiquillos llenos de salud y de vida, y ¡con un apetito!... A su padre le temblaban las carnes cuan­do reunidos a la mesa para comer, veía todas aquellas pequeñas mandíbulas moverse rápida y acompasadamente, y la señora de Rávena decía riendo:
 
.— Esto es magnífico, ¿no te parece? Peor sería que estuvieran en­fermos o hubiera que contarles cuentos para hacerles comer, como le pasa a Fulanita y Menganita. Dios proveerá. En este mundo todo tiende a arreglarse... sólo la muerte es lo que no tiene remedio.
 
.Y el remedio para los conflictos económicos de la familia Rávena lo mandó Dios desde el Cielo en forma de un amigo de la casa que enterado de que la cátedra de Francés del Instituto de Enseñan­za Medía iba a quedar vacante, venía a comunicárselo por si les interesaba.
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—Naturalmente que nos interesa, y mucho —dijo la señora de Rávena muy decidida- Esa cátedra la quiero yo.
 
¡Tú! —exclamó su marido lleno de asombro, aunque sabía que su mujer conocía bien dicho idioma.

— Eso no puede ser. ¿Y la casa? ¿Y los chicos? —Nuestra hija mayor se ocupará de todo, pues aunque no tiene aún quince años, la creo capacitada para ello.
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—Mamá -dijo muy serio el que ya cursaba estudios en dicho cen­tro docente—. No, tú no. No sabes lo malos que son los chicos del Instituto y lo burlones, y con lo buena que tú eres.


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Sin embargo, la señora de Rávena se impuso. Fue a Madrid en donde tenía muchas y buenas amistades que la ayudaron a conse­guir un puesto tan solicitado.Una mañana, día de la apertura de curso, salía valiente y decidida, con su cartera bajo el brazo, a cum­plir su misión, con el corazón rebosante de optimismo y dando gra­cias a Dios.
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Su marido y sus hijos la despidieron en la puerta, besándola y abrazándola repetidas veces y haciéndola mil recomendaciones tales como éstas: «No te canses mucho». «Sé dura con los chicos, si no te comerán por un pie»... Corrieron todos luego al balcón a verla marchar y la dijeron adiós hasta perderla de vista. Parecía que mar­chaba al campo de batalla y que no iban a volver a verla más.
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«¡Dios mío! «—pensaba Emma Monterly mientras caminaba rápi­da— «En qué trotes me he metido. ¡Yo profesora del Instituto y de las Normales! Sé el francés igual que el español. No en vano mi madre es francesa y en casa de mis abuelos maternos no se hablaba en otro idioma. En mi infancia pasábamos todos los veranos en Hendaya, en Biarritz y en San Juan de Luz; he estudiado en colegios franceses varios años, ¿pero sabré enseñar lo que sé?,.. ¡Dios me ayudará»!
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Y Dios la ayudó desde el primer momento..
Saludó al Director que la presentó a sus alumnos. «Aquí tenéis a vuestra nueva profesora». Los treinta y nueve muchachos del se­gundo curso de bachillerato, de pie, firmes, y respetuosamente, es­cuchaban las palabras del Director que les hablaba desde la cátedra teniendo a su derecha a la «profesora adjunta». A Emma Monterly, sin poderlo remediar, le temblaban las piernas y sentía deseos de sa­lir corriendo del aula, sin embargo, nadie pudo sospechar lo que la ocurría. Para su carácter más bien tímido aquello era un momento de prueba.
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—Espero —continuó el Director— que guardaréis el máximo res­peto a esta señora, y que el esfuerzo que va a hacer por enseñaros el idioma de Moliere no será estéril.
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Habló después breves palabras con la «adjunta» y salió.
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—«Creo —pensó la señora de Rávena— que yo también debo decir algo a estos muchachos». Pero le aterraban los discursos porque no tenía facilidad de palabra y además temía que los chicos descubrie­ran cierto temblorcillo de miedo en su voz. No obstante, y como quien se tira al agua de cabeza para no sentir tanto la impresión, sa­lió del compromiso como pudo y empezó así:
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—No esperéis de mí un discurso, son aburridos y además Dios no me ha llamado por el camino de la oratoria. Sólo quiero saludaros, y deciros que encontraréis en mí una profesora y una amiga. (Iba a decir: «Una madre», por la fuerza de la costumbre, pero se acordó a tiempo de que no estaba en su casa, sino en un centro oficial)—Pue­den ustedes sentarse.
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Y así transcurrieron los días trabajando incansablemente con los alumnos de todos los cursos. Al parecer estaban contentos y apren­dían con facilidad, salvo algunos malos estudiantes que se distraían con sólo ver volar una mosca; pero Emma Monterly sentía que su amor maternal se extendía también a los hijos de los demás y... ¡allí sí que tenía una numerosísima familia!.
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—«Le voy a poner un cero por hablar en clase»—decía. Pero ese cero no se ponía nunca, y los muchachos iban ganando terreno y confianza, empezando a pensar que aquello era pan comido.
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Cuando los alumnos de primer curso veían a su profesora en lo alto de la cuesta que bajaba al Instituto, corrían en tropel hacia ella, gritando:-¡Madame, madame! ¡Usted no sabe! A Fulanito se lo han llevado los guardias por romper de una pedrada el farol de la esquina.

—«¡Bien hecho'.- decía madame, haciendo alarde de in­dignación contra el agresor del alumbrado público.—«¡Madame, madame! A Menganito le han tenido que llevar a la Casa de So­corro porque se ha roto un brazo»

—¡Vaya por Dios, cuantas des­gracias suceden en este Instituto!-decía Madame. ¡Todos venían a contárselo a Madame! ¿No decía usted, señora profesora adjunta que en usted tendrían «una amiga, una buena amiga»? ¿Acaso puede sorprenderle ahora que sus alumnos lo hayan tomado tan al pie de la letra?.
 
.Al principio no comprendía por qué aquellos pequeños, al entrar ella en el Instituto, la iban saludando a su paso con un respetuoso «Bon jour monsieur l'abbé»(«Buenos días, señor cura»). Luego recordó que el profesor que ocupaba antes que ella la cátedra era un sacerdote, y naturalmente estaba muy en su punto, entonces, saludarle así, pero no a ella que nunca había cantado misa y que por lo tanto, si desea­ban saludarla en francés correctamente tenían que decir «Bon jour, madame». Y así lo hizo saber.
 
.Podrían contarse por docenas las anécdotas de la señora de Rávena en su primer semestre de profesorado, humorísticas unas, tris­tes otras, pero el tiempo apremia. Su falta de experiencia de lo que era un Instituto, la llevó a veces a lamentables situaciones, que más adelante supo evitar. Como tenía su última clase bastante tarde y el aula estaba ya falta de luz, dijo en tono amable:
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.—Uno de ustedes, ¿quiere hacer el favor de encender la luz?.
Los cuarenta y ocho alumnos de primer curso se precipitaron atropelladamente hacia el interruptor, con el fin de cumplir el deseo de su profesora.

.—¡Todos a vuestros puestos!— gritó furiosa, sin poderlo remediar y tuteándoles sin darse cuenta.
.Aquella turbamulta volvió a sus sitios en la misma forma bulliciosa y desordenada en que salió de ellos.
 
.—He dicho uno sólo..

La clase entera se precipitó de nuevo hacia el interruptor. Madame dio un enérgico puñetazo en la mesa, impropio de sus suavidades evangélicas, saltando a un tiempo el tintero y la campanilla, y los chicos corrieron de nuevo a sus puestos pasando por encima de me­sas y bancos, y metiendo un ruido de mil de a caballo...! Ya com­prendió la «señora profesora adjunta» que aquí lo necesario era de­cir un nombre, pero aún no conocía a sus alumnos! Hacía falta uno, uno cualquiera, y buscó, temblando, en la lista el nombre salvador, el primero que tropezaran sus ojos.
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— ¡Fernando González¡ -exclamó.
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Púsose en pie un chiquillo que no levantaba dos cuartas del suelo y que naturalmente, no llegaba a la llave aunque se hubiera subido en una silla.

.—«Madame, ¿enciendo yo?... ¿Enciendo yo?... Enciendo yo?» —gritaban todos de pie desde sus sitios, y de nuevo se precipitaron hacia el interruptor de la luz. Aquello tenía algo de trágico-cómico y de caótico. La pobre señora de Rávena se encontró impotente para dominar aquel barullo. Temía que el Director o el Jefe de estudios pasaran por allí en aquellos momentos y entrasen a ver qué escán­dalo era aquél. Sintió deseos de echarse a llorar como una chiquilla, pero supo dominarse. No fue el Director, ni el Jefe de estudios quien se asomó a la puerta del aula, fue... quien menos podía pensar... su marido, sí, su marido, que venía con un paraguas a buscarla porque llovía a cántaros. Comprendió la señora de Rávena el efecto desas­troso que aquel desorden en clase, aquella falta de respeto había pro­ducido en el ánimo de su marido, y anduvieron en silencio por las angostas calles empinadas, viejas calles de ciudad antigua, tan visi­tadas por turistas de todo el Mundo.
. .Los pasos del matrimonio Rávena resonaban en la solitaria calle­ja y las lechuzas que anidaban en los vetustos torreones parecía que querían imponer silencio con su «chiiis» característico. Entraron en una iglesia y rezaron también silenciosamente. Ella, llena de zozobra, levantó los ojos inquisitivos hacia él y vio, a la escasa luz del templo, cómo dos gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas:
 
.— ¡No vuelves más!... ¿Lo oyes? ¡No vuelves más!
 
.Aquella escena que no olvidaría nunca, y el temor a perder su puesto de «profesora adjunta», con los consiguientes trastornos económicos en la familia, hicieron que Emma Monterly reaccionara y cambiara por completo en adelante. Bien le decían los demás señores profesores y catedráticos:- «Doña Emma, cuando venga al Instituto, deje usted su corazoncito en casa».
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Tenían razón sus compañeros. Con un corazoncito así no se po­día ir a ninguna parte. Ya, los ceros que se ponían en la lista, eran ceros de verdad, auténticos ceros que no se quitaban y rebajaban la nota. Si algún alumno no se comportaba debidamente en clase, era advertido y expulsado si reincidía. La querían y la respetaban, aun­que no pudo librarse del correspondiente mote que los alumnos te­nían puesto a cada profesor.
 
.—Abran los cuadernos para empezar el dictado.
Todos se preparaban en silencio. Entonces, la «profesora adjun­ta», con voz clara y buena pronunciación empezaba así:
 
.—Dicté. «Je vous trouve apropos, (virgule) mon oncle, virgule)...
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¡Ah, bien sabía ella el mote que sus alumnos le habían puesto! Pero en vez de enfadarse le hacía gracia, aunque se guardaría muy mucho de que ellos se enteraran. Para los siete cursos de bachille­rato del Instituto, Emma Monterly de Rávena era... “Madame Virgule” (La señora coma).
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Cierto día y con el máximo respeto y temor se acercó a ella el «empollón» de tercero y le dijo:

 —«Madame, ¿puedo hacerle una pre­gunta»? —Naturalmente que sí. Ya les he dicho repetidas veces que cuando no entiendan alguna cosa o tengan la menor duda pueden preguntarme lo que sea. «Aquí, en donde dice: L'enfant écoutait et voici ce que disait le vent dans les arbres. A esa ele que va al prin­cipio del párrafo sola, por qué se ha elidido la «e» del artículo, ¿se le puede poner arriba una virgulíta? «-Sí, hijo mío, pon esa virgulita donde dices sin el más ligero temor- le contestó Madame Vir­gule, retozándole la risa en su interior. - Cuando hay elisión o su­presión de una vocal por razón de eufonía, se reemplaza dicha vocal por esa... virgulita que se llama apostrophe—. «Sí, madame, lo ten­dré muy en cuenta».
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El primer trimestre había llegado a su fin y empezaban las califi­caciones de los alumnos oficiales. Reuníase el claustro de profesores alrededor de la larga mesa presididos por el Director. Emma Monterly de Rávena la noche anterior, esperó a que su marido y sus hijos se acostaran para sacar, con más tranquilidad, la nota media y quedó desconsolada al ver que en primer curso, de los cuarenta y ocho alumnos que tenía en clase, treinta y seis estaban suspendidos. Buscó méritos a unos y a otros para poder salvar a quince o veinte por lo menos, pero no podía ser; tenían demasiados ceros por indis­ciplina y esos no los perdonaría por nada si quería mantener el or­den en clase y que aprendieran bien la asignatura.
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Eran las cuatro de la mañana y todavía seguía dándole vueltas a las notas, a los ceros, a los cuadernos y a los chicos. Asustado por su tardanza en acostarse se levantó su marido y la encontró delante de las listas, con una cara tal de consternación que no pudo por menos de preguntarle:

.—¿Qué te pasa?
—¡Algo horrible! que sólo en primer curso, de los cuarenta y ocho alumnos que tengo en él, treinta y seis están suspendidos.
-¡Estupendo! ¡Magnífico!... Eso está bien.
Pero es que... entre los treinta y seis suspensos están tus dos recomendados.
¡Hombre, eso ya no está tan bien! ¿Y no hay forma de salvar­los de la escabechina?
—No— contestó la «adjunta» ¡No tienen remedio!.
—Pero, mujer, por Dios, que son los hijos de mis dos mejores amigos.
-Lo siento... lo siento— contestó ella muy compungida.
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Al día siguiente, después de calificar los señores profesores y ca­tedráticos, reunidos todavía en torno a la larga mesa, la dijeron:
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—«Ha sido usted dura con los chicos, doña Emma »
-Bueno... sí... ya lo sé, pero prefiero no recordarlo.
—¿No le decíamos que al venir aquí dejara el corazoncíto en casa?»- y se echaron a reír.
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Cuando la señora de Rávena llegaba a su domicilio, cansada de querer meter en la cabeza de sus innumerables alumnos todos los secretos de la Gramática francesa, la recibían sus hijos con graves acusaciones contra la joven ama de casa, que se defendía valiente­mente. — «Mamá— decía uno de ellos —Maruja nos ha dado de me­rendar cinco higos pasos y un pedazo de pan«— ¡Bueno, bueno! No la guardéis rencor. Otro día os dará una merienda más a tono con vuestro apetito. Y tú, mi pequeña, no extremes demasiado el celo por la economía, no sea que vayan a debilitarse tus hermanos—, «Pero, mamá, si es que no me llegaba el dinero para más» —decía ella—. ¡Mi pobre Maruja! No te preocupes, de .aquí en adelante la merienda la traeré yo.
 
.Una mañana, al volver del Instituto, la señora de Rávena encon­tró al segundo de sus hijos, con otros muchachos mal trajeados, cu­yos padres no podían permitirse el lujo de pagarles las diversiones, empujando, para hacer andar unos caballitos de madera llamados vulgarmente de «el tío vivo», que carecían de maquinaria y sólo daban vueltas gracias a los enérgicos esfuerzos de los chiquillos que no po­dían pagar. —¿Qué estás haciendo?— preguntó la señora de Rávena a su hijo. —«Mamá, es que cada cinco veces que empujo, el hombre me deja montar una» ¡Qué congoja sintió la madre al oír aquella aclaración de labios de su hijo! Abrazó al pequeño contra su cora­zón y le dijo: -Toma, no vuelvas más a hacer eso- y vaciando su monedero en las manos del niño volvió a repetir llena de tristeza: —¡No vuelvas más a hacer eso! ¿Me lo prometes? -«Sí, mamá, te lo prometo»—. Y ahora monta cuanto quieras en los caballitos. Y cuando esperaba que su hijo se precipitase sobre alguno de aquellos briosos corceles pintados de colorines, que tanta ilusión le hacían, vio con asombro que la devolvía todo el dinero que ella le había da­do, la abrazaba casi llorando y salía corriendo para casa.

.La primavera se presentó magnífica, en todo su esplendor. El parque estaba delicioso, los árboles cubiertos de hojas nuevas y los rosales pictóricos de capullos y de rosas.






Como los días eran ya lar­gos y la señora «profesora adjunta» salía a tiempo de poder disfrutar del aire y del sol, el señor Rávena la esperaba todas las tardes en un banco del paseo con su amigo inseparable «el libro». Lector impeni­tente nunca le faltaba esta buena compañía, aunque a veces le hacía exclamar:

.«Busqué una estúpida manera de matarme,
como nadie se mata,
leyendo hermosos libros
que llenan de dulzor y de vene­no el alma».

.Amante de la literatura siempre tenía un libro entre las manos. Así no es de sorprender que esperase a la señora de Rávena sentado en un banco del paseo y enfrascado en la lectura de alguna obra literaria. Sentóse junto a él, dejando la cartera sobre la falda y miró distraídamente a los niños que iban y venían con sus pelotas y sus triciclos. Algunos se acercaban y entablaban conversación con ella. —«No has tenido bastante con tus hijos». A él no le hacía muy feliz la proximidad de los pequeños. Acababan por subirse de pie en el banco y pisarle el sombrero que había puesto en él. Un día se col­mó la medida. Encima de que no le dejaban enterarse de lo que leía, dijo uno de ellos a otro más chiquito que trepó al banco como pu­do: -«¡Bájate!... ¿No ves que pisas el sombrero del abuelo»? A la señora de Rávena le produjo la mayor hilaridad que llamaran abue­lo a su marido, pero él no pudo por menos de exclamar:-«¡Dónde estará Herodes»!

.Quedaron solos y una hoja seca, que tal vez pudo aguantar los envites del aire y la lluvia del invierno, cayó sobre la cartera de la «profesora adjunta». Aquello le produjo una triste impresión y le sugirió no menos tristes pensamientos que trasladó en forma de Ele­gía a una cuartilla.
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Todas, todas las tarde con tu libro en la mano
me esperas en el banco del alegre paseo
donde gritan los niños, hablan bajo los novios,
y solos y en silencio toman el sol los viejos.
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¿Dónde está nuestra infancia, patrimonio florido,
nube color de rosa porque el sol la ilumina
y nuestra juventud de bellas ilusiones?
¡Oh dulces, adoradas ilusiones perdidas!
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Todo pasa y no vuelve, y nosotros seguimos
nuestra ruta en el mundo camino de lo eterno.
¡Cuántas veces al tiempo le decimos: “¡Espera!”
y el tiempo insobornable nos responde: “¡No puedo!

.”De nuestro largo viaje ya en su postrer jornada
unidos como siempre, bien pronto hemos de entrar.
nuestros hijos crecieron: “Los niños ya son hombres
”Te digo y se sonríe mi orgullo maternal.
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Con tu libro en la mano, como todas las tardes,
espérame en el banco del florido paseo,
donde gritan los niños, hablan bajo los novios
y solos y en silencio toman el sol los viejos.
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¡Qué pena da pensar que ha de llegar el día,
ese día terrible tan cierto y tan temido,
que inútilmente esperes que yo acuda a tu lado
o que salga y me encuentre solo el banco vacío!
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Así era efectivamente, habían pasado varios años y los niños ya eran hombres. Aquellos abundantes suspensos que venían a casa de los Rávena se habían convertido en notables, sobresalientes y has­ta matrículas de honor. El día que el segundo de la numerosa prole dijo: —«Papá, yo quiero ser marino», se armó un gran revuelo en la familia. Trataron de disuadirle con ruegos y consejos, pero nada se consiguió. La madre sentía una inmensa tristeza. Era perder un hijo; y le atemorizaba pensar en los peligros que le acechaban.

.¡Ay marino de tierra adentro, ¿por qué soñaste con el mar?
.Siguiendo el ejemplo de su hermano, el que hacía el número cua­tro de la serie también dijo que quería ser marino. Y empezaron las largas travesías con sus innumerables peligros. Sufrieron tempora­les horribles; estuvieron a punto de naufragar en varias ocasiones y fueron prisioneros de los hielos del Báltico. En pocos años recorrie­ron casi el Mundo. La casa de los Rávena iba quedando solitaria y triste, sin el buen humor, las bromas y las risas de todos aquellos muchachos, altos, fuertes —«en aquella familia todos eran largos, menos la madre»— y que tanto alegraban el ambiente del hogar.
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¡Qué lejos están los puertos
de la tierra donde vivo!
¡Qué lejos están, Dios Santo,
para ver a mis marinos!
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Ellos viven mar adentro
y yo tierra adentro vivo:
¡Con qué inquietud más profunda
me postro ante el Crucifijo!
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Ya vieron la mar violenta
que alza montes y abre abismos
y se han tornado de pronto
más serios y pensativos.
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Brillan de ilusión sus ojos
soñando con su destino.
Mar en calma. ¡Quién dijera
que ocultas tantos peligros!
.
¡Cómo se esperan sus cartas!
¡Cuántas veces se han leído!
¡Qué sabor a sal de lágrimas
deja en el alma lo escrito!
.
¡Cómo voláis poco a poco
de lo que fue vuestro nido
!Para el mundo ya sois hombres,
para mí sois siempre niños!

.Y es que a través de los años
aún alegran mis oídos
tropel de cálidas notas,
de «nanas» y villancicos.

.¡Qué lejos están los puertos
de la tierra donde vivo!
¡Qué lejos están, Dios Santo
para ver a mis marinos!
.
El matrimonio Rávena quedó ya completamente solo y cuando ella bendecía la mesa antes de empezar a comer, al ver todos los si­tios de sus hijos vacíos se le ponía un nudo en la garganta y le sa­lían las palabras a duras penas.
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.Ya no hay niños en casa¡
¡Ya, todos son mayores¡
¡Qué pena recordar
sus rostros seductores.
.
Y esa sana inquietud
de chiquillos traviesos
que se hacen perdonar
con caricias y besos…
.
El tiempo se me escapa
veloz de entre las manos;
quisiera detenerlo:
¡Mis esfuerzos son vanos¡
.
y los que ayer, inquietos,
probaban mi paciencia
hoy hablan de mil cosas
casi con suficiencia.
.
¡Levantaréis el vuelo
pájaros de mi nido¡
Dejaréis estos brazos
que tanto os han mecido¡
.
Os llevarán muy lejos
alas de la ilusión…
pero habréis de acordaros
de este viejo rincón.
.
Y cuando esté la casa
vacía y silenciosa,
besaré vuestras huellas
impresas en las cosas:
.
Aquel juguete roto,
con la cuerda saltada;
la pintura “rupestre”
que vuestra mano alada,
.
dibujó con soltura
de pequeño maestro
en mi devocionario,
que tomasteis por vuestro.
.
De aquel libro de Bécquer
la página rasgada,
vuestros cuentos de Andersen
con su pasta arrancada…
.
¡Destrozos que en su tiempo
os valió un buen sermón
me traerán luego al alma
nostálgica emoción¡
.
En el ambiente frío
del hogar sin encanto
flotará vuestra risa,
sonará vuestro llanto.
.
Alegres y lejanos
ecos de vuestra infancia
llenaran el ambiente
de una suave fragancia.
.
¡Nos dejaréis tan solos¡…
solos como aquel día
al volver del altar
radiantes de alegría¡
.
¡Solos igual que entonces,
mas todo tan cambiado¡…
¡Qué blancos los cabellos,
el corazón cansado,
.
sin brillo la mirada
alegre y sonriente
y surcarán arrugas
mis manos y mi frente.
.
Al mirarnos de nuevo
tendremos que pensar
¡ay¡ ¡ que toda una vida
pasó por nuestro hogar!
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Un día, ya solos, completamente solos, le dijo a su marido:
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—Tengo el presentimiento de que me van a quitar el cargo.
Durante nueve años había renovado su nombramiento sin dificul­tad, pero esta vez llegaron a sus oídos ciertos rumores que la tenían intranquila.
 
-Sería conveniente prevenirse, ir a Madrid para evitar cualquier sorpresa.
.El señor Rávena la miró con dulzura y la dijo tras de considerar que tan sólo quedaban ella y él:
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—No, no irás a Madrid. ¿No le parece a la señora «profesora ad­junta» que ha trabajado bastante? Y además, ya... ¡para qué!
.Eladia Montesino-Espartero Averly
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6 comentarios:

  1. Comentado por e-mail:
    FERNANDO JIMÉNEZ ONTEIVERO, dijo:

    Un relato muy bien escrito, de una gran intensidad emocional pero reflejando perfectamente la realidad de la vida de su protagonista. Esa saga que aparece por todos lados hay que ponerla en un hornacina, bien a la vista de todo el mundo, para que nos demos cuenta de la importancia de la institución familiar. Si la familia, como en este caso, tiene como progenitores a personas de esa elevadísima categoría humana e intelectual, habrá que revestir esa hormacina con abundantes hojas de laurel y rebuscar por todos los sitios posibles, frases, textos, artículos, libros y referencias de ellos. Felididades, Terly, amigo y un abrazo muy fuerte.

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  2. El talento de tu madre logró un relato magnífico de un tramo de vida interesante y ameno.
    Un digno jemplo a seguir cuando está en juego por un lado el bienestar económico de la familia y el profundo amor a la humanided, enfrentando la ardua tarea de encaminar por una buena senda, el futuro de esos niños que elaboraban su porvenir, guiados con mano firme ¡MUY BUENO!.
    Un beso para tí y otro para tu madre, en el plácido lugar que Dios le haya asignado
    Juliana

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  3. Lo he leído gustosamente todo.
    La ternura de tu madre y su dulzura es admirable.
    Gran mujer, gran mujer!!
    Y que suerte que podáis recuperar estos textos y sacarlos a la luz por la Red.
    Un fuerte abrazo Terly

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  4. Fascinante, encantada de transcurrir la vida en este cuento. Casi lloro

    ¡Qué lejos están los puertos
    de la tierra donde vivo!
    ¡Qué lejos están, Dios Santo,
    para ver a mis marinos!
    .
    Ellos viven mar adentro
    y yo tierra adentro vivo:
    ¡Con qué inquietud más profunda
    me postro ante el Crucifijo!

    SI SOLO hubiera legado este poema, también merecería llamársele escritora. ES FABULOSO
    http://enfugayremolino.blogspot.com

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  5. Terly, mi comentario fue desde el corazón, ese que no tiene barreras de tiempo ni espacio. Leí, brevemente la biografía de Eladia, porque me encantó la dama que se muestra en la foto de los cien años. El cuento refleja algo que no dice, un misterio que su mamá se calló: hay mujeres que nacen madres, y en ellas, el instinto tampoco reconoce tiempo ni espacio.
    Sentí que ella contaba de sí misma, como si al hacerlo colgara su traje en el perchero para ponérselo nuevamente un ratito más tarde.
    Me alegra que su corazón la proteja, si ella vivió como contó; todavía tiene mucho para enseñar. Lo aliento a que difunda cuanto pueda su libro de poesías, es valioso. No se olvide que el corazón escribe para los que vendrán.

    Saludos, un gusto haberme cruzado con ud. y su familia, por supuesto.

    Laura Ororbia
    http://enfugayremolino.blogspot.com

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  6. Preciosa historia genialmente contada.Mi homenaje a esa madre maravillosa que al leer sus trabajos se oxigena el alma. Gracias por compartirla.

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