jueves, 12 de noviembre de 2009

EL PEQUEÑO INVITADO (Cuento de Navidad)

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EL PEQUEÑO INVITADO(Cuento de Navidad)
AÑO 1945


¿Un cuento, mis pequeños lectores?
¿Os gustaría de hermosas hadas o de poderosos magos? ¿Lo preferís, tal vez , de príncipes encantados o de enanillos cascarrabias?.
…No. Vamos a dejar tranquilos a estos seres más o menos fantásticos y descendamos a cosas más humanas… Escuchadme; voy a contaros el cuento de un niño muy pequeño que tenía un corazón muy grande.
¿Estáis ya sentaditos, calladitos, formales, atentos? Pues… escuchad, que empiezo.
Antes quisiera haceros una pequeña advertencia: que ésto que voy a referiros, no es cuento, sino historia, es decir, que ha pasado de verdad y no de mentirijillas, como sucede en los cuentos.
Estaréis impacientes por conocer al héroe de mi historia y no quiero haceros esperar más.
Aquí tenéis a un nuevo amigo: Joselín o Selín, según él, pues en su deliciosa media lengua, como era tan pequeño y debía de tener muy buen apetito, se comía muchas letras de las palabras al hablar y ésto le sucedía hasta con su propio nombre.
¡Qué cabecita de rebeldes rizos, la de Selín! ¡qué mofletes redondos y coloraditos como una manzana! ¡Qué ojillos vivos y escudriñadores! ¡Qué nariz regordeta y chatilla!... Era, como vulgarmente se dice ahora, “un sol de chico”. Con todo y con eso, por dentro, su alma era mucho más “sol” que su cuerpo.
¡Cómo nevaba aquella tarde!... Caía la nieve menudita y silenciosa, con gran entusiasmo de Selín, que palmoteaba de alegría.



-¡Papá, mira, todo se pone blanco, cada vez más blanco!
Efectivamente, nuestro amiguito tenía razón. La nieve lo cubría todo y el paisaje presentaba un aspecto, tan diferente, tan nuevo a los ojos del pequeño espectador, que éste reía, saltaba, palmoteaba y gritaba lleno de gozo.
-¡Qué bonita es la nieve!... ¡Yo quiero que nieve todos los días!. -¿Todos los días? –preguntó el padre, sonriendo ante el infantil entusiasmo- Te cansarías más pronto de lo que tú crees.
-¡No me cansaría nunca, papá!... ¡Yo quiero que nieve mil días seguidos!
-Además –insinuó su padre- ¡has pensado en los pobrecitos niños que no tienen casa, que se mueren de hambre y de frío por esas calles de Dios?
-¿Qué has dicho, papaito? –interrogó el niño, quedándose repentinamente quieto y serio y mirando a su padre con singular asombro.
-Quiero decir, mi pequeño Selín, que los niños pobres que no tienen buena casa como tú, con buena calefacción, como tú la tienes y ni siquiera ropa suficiente para estar abrigaditos como tú lo estás, en vez de disfrutar, sufrirán mucho y hasta pueden caer enfermos en estos días de nieve que a ti te parecen tan bonitos.
-¿Y qué harán? –preguntó nuestro pequeño Selín, con los ojos ya llenos de lágrimas.
-Pues, hijo mío, llorar.
Volvióse Selín a contemplar de nuevo la nieve, que tan alegre y alborozadamente mirara antes y apoyando su frentecita en los cristales del balcón, quedó así unos segundos. Mientras observaba, distraídamente, cómo seguían cayendo los copos, cual diminutos pedacitos de algodón, resbalaron por sus redondos mofletes gruesas lágrimas que no pudo contener.
-¡Bah! –dijo su padre, cogiéndole en sus brazos y secándoselas cariñosamente con el pañuelo-. Te he entristecido con mis palabras. Se acabó. Mírame… y sonríe.
El pequeño Selín intentó obedecer; pero la sonrisa que inició convirtióse en un “pucherito” y bajó la cabeza hasta dar con la barbilla en el pecho.
-¡Vaya por Dios, hombre! ¡Qué corazón tienes! ¡Pues sí que vas a estar divertido toda tu vida! Anda; dí que te vistan, que ahora mismo, antes de que sea más tarde, vamos a salir tu madre, tú y yo a comprar los turrones y los dulces para la cena de esta noche. Ya verás cuantas cosas vamos a traer. ¡Y qué ricas!
Vistió a Selín el ama Concha con un buen abrigo de inmejorable paño, su buena bufanda y sus buenos guantes de punto de lana, confeccionados por su madre con primor y cariño, no sin que antes le calzaran sus costosas botitas de excelente cuero, sus estupendas polainas de ante. Púsole después una pequeña boina, graciosamente inclinada y tras de mirarle y remirarle por todas partes, quitándole un hilillo blanco que se le había pegado en la manga del abrigo, le besó amorosamente, y le dijo satisfecha: -¡Ea, ya está mi niño! Corre a avisar a papá.
Nuestro pequeño Selín salió corriendo por el pasillo, olvidada ya por completo la escena que anteriormente había tenido con su padre junto al balcón del despacho, pues en aquellos instantes, la visión de los turrones y peladillas ocupaba todos los rincones de su pensamiento. Intentaba saltar de alegría mientras corría hacia el despacho. Inútil empeño, porque nuestro Selín iba hecho un paquete. Recordaba a uno de esos gorrioncitos que, a veces, mis pequeños lectores, veréis posados en las barandillas de vuestros balcones. Intentó de nuevo dar un brinquito, mientras gritaba con entusiasmo:
-¡Olé! ¡Qué bien, papaito! ¡Ya podemos salir!...
Pero perdió por completo el equilibrio y rodó como una pelota de lana.
Crujía la nieve bajo los piececitos de Selín, que caminaba cogido de las manos de sus papás.
Lleno de gozo, juguetón y travieso, daba con la punta del pie a la nieve, que salía esparcida por el aire. Para divertirle, hízole su padre una bola que le puso delante del pie; y nuestro amiguito “chutó” tan bien como pudiera haberlo hecho el mejor de los futbolistas.
¡Qué ricos turrones!... Vosotros seréis muy golosos, ¿verdad? Sí; bien lo veo en vuestros ojos mis pequeños lectorcillos, porque cada vez que hablo de cosas dulces os relaméis de gusto. Además me lo ha dicho un pajarito que me cuenta todo.



Así es también mi pequeño héroe. No os extrañe verle volver a su casa radiante de alegría. ¡Son tantas y tan ricas las golosinas que llevan sus papás! Hasta el ama Concha ha tenido que venir a echarles una mano. Porque aquellos paquetes, habéis de saber que iban llenos de turrones, figuritas de mazapán, piñonatas, peladillas, frutas escarchadas…Bueno; no sigo, porque veo que se os está haciendo la boca agua y no quiero poneros los dientes largos antes de tiempo.
Pasó Selín con sus padres por una calle, solitaria y mal alumbrada, cuando vió sentado junto al quicio de una puerta a un niño que lloraba amargamente y tiritaba de frío. Su cabecita era una verdadera maraña de rubios rizos, sucios y mal cuidados; la camisita y el pequeño pantalón, hecho jirones, apenas cubría su débil cuerpecillo, hasta tal punto delgado, que allí no había más que huesos y pellejo. Sus ojos, llenos de lágrimas, expresaban más claramente que las palabras la tragedia de su corazón.
Selín se soltó repentinamente de las manos de sus padres y, acercándose al pobre niño, le preguntó:
-¿Por qué lloras?
El interpelado no contestó y siguió llorando.
-¿No oyes? ¿Por qué lloras? ¿Y tu mamá y tu papá? ¿Por qué no vas con ellos a comprar los turrones?
-Mi padre ha muerto y mi madre está pidiendo por la plaza con mis dos hermanos más pequeños –murmuró, casi entre dientes, el niño, en medio de lágrimas y suspiros.
No llores,. Vete con tu madre. Estás muerto de frío –dijo la mamá de Selín, poniendo en pie al pequeñuelo.
-¿Dónde está tu casa?- le preguntó Selín.
No tengo casa.
“No tiene casa –pensaba Selín entristecido- no tiene papá, no tiene a penas ropa con que abrigarse; no comerá turrones esta noche, y tal vez ni siquiera pan…”
Y, encarándose con su padre:
-Este niño es de los que tú decías antes que no se ponían contentos, como yo, cuando nevaba.

Mientras Selín hablaba así, su padre había puesto mil pesetas en la manita helada del pobre chiquito, y le aconsejaba que volviese al lado de su madre. Pero Selín, cogiéndole por una mano, dijo a su papá, con mirada suplicante:
Papaito; quiero que este niño cene en casa conmigo y que coma muchos dulces como yo.
-No seré yo quien te prive de este gusto, mi querido Selín.
Su madre, emocionada, besó con ternura a nuestro amiguito, y el ama Concha, con el dorso de su gruesa mano, se limpió una lagrimilla que le resbalaba por el rostro.
¡Qué noche inolvidable para Selín! Con permiso de su mamá, regaló ropa de su armario al niño pobre, hasta que quedó perfectamente vestido, no sin que antes, el ama Concha le diera un buen “fregado” , con jabón y agua caliente.
-¿No tienes juguetes? –le preguntó Selín –Toma este caballo para ti y este carrito y esta pelota. ¿Te gusta este avión? Para ti también- Y jugaron juntos, como dos buenos amigos, hasta el momento de cenar.
Mientras tanto, Selín, hizo mil preguntas a su invitado. Averiguó que se llamaba “Palillo” ; que tenía seis años; que su padre, mientras vivió, arreglaba cacharros viejos de cocina y componía paraguas rotos…
-Pero, oye, chico, -dijo el ama Concha sonriendo- Eso no es un nombre. Que yo sepa no hay ningún San Palillo en el calendario. Será un mote.
-No sé, señora –contestó tímidamente el pequeño invitado- Sólo sé que me llaman “Palillo” porque dicen que estoy siempre “mu delgao”
¡Qué bien tenía todo dispuesto la mamá de Selín en el comedor! La mantelería, la vajilla y la cristalería eran las de las grandes solemnidades.
Los turrones, las figuritas de mazapán, pastas, frutas escarchadas; piñones y peladillas; caramelos, bombones, artísticamente colocados en bandeja de plata con primorosos pañitos de encajes, estaban diciendo ¡¡cómeme!!

El padre de nuestro amiguito, recordando un pasaje de los Evangelios, observó con voz suave, no exenta de emoción:
-“Cualquiera que reciba en mi nombre a un pequeño como éste, a mí me recibe”
-Muy bien –exclamó la madre de Selín- en vista de lo que acabas de decir, “Palillo” ocupará el puesto de honor de nuestra mesa.
Sentáronse a ésta. El pequeño invitado denotaba en cierto temblorcillo de sus manos, la honda turbación espiritual que sentía. Los ojitos bajos, la naricilla con las fosas bien abiertas, percibiendo el grato olor que despedía la sopera. Sin atreverse a mirar a ninguna parte, sobrecogido y trémulo porque sentía cómo caía sobre él las miradas de los padres de Selín, de Selín y de ama Concha. Pero, en verdad, esta situación duró muy poco, pues en cuanto “Palillo” se llevó a la boca la primera cucharada, desapareció casi por entero su azoramiento y comió con tanta gana y fruición que apenas tenía tiempo para contestar a las preguntas que le hacían.
Terminada la suculenta y sabrosísima cena, la mamá de Selín, con dulce y bien timbrada voz, entonó un villancico, para encanto de los dos niños que la escuchaban con la boca abierta.

Por la calle arribita
va el niño Jesús,
de piedrita en piedrita
posando la cruz.

Al terminar, todos rompieron en una salva de aplausos.
-Yo no he de ser menos. Allá va mi villancico –dijo el padre-



En Belén tocan a fuego,
del portal sale la llama:
es una estrella del cielo
que ha caído entre las pajas

-¡Ay, papaito! ¿Se quemaría el Niño Jesús?
-No, Selín, porque verás… llegó un angelito, con una preciosa regadera de oro y lo apagó en seguida.
-¡Ama Concha, ama Concha, ahora tú! –gritaba el niño.
-Yo ya soy muy vieja, Selín, y no sé si me acordaré de algún villancico.
Vamos a ver si te gusta éste:

¡Ay, que niño tan chiquito!
¡Ay, que cara tan galana!
¡Ay, que niño tan bonito
que nació en esta comarca!

Siguió el ama Concha, con su voz un poco cascada, y al terminar en medio del mayor entusiasmo, dijo a Selín:
-Vamos allá, mi niño, tú no vas a ser menos.
La vocecita de nuestro héroe sonó así:

Al niño recién nacido
todos le entregan un don;
yo soy niño, nada tengo,
le entrego mi corazón.

Todos los aplausos fueron pocos para Selín. De pronto éste se volvió hacia “Palillo” y le dijo mientras le abrazaba:
-¡Ahora tú, ahora tú!
-Sí, sí –dijeron todos- Ahora que cante “Palillo” un villancico.
El pequeño invitado, hundió la barbilla en el pecho y hubiera querido desaparecer debajo de la mesa.
-¿No sabes ninguno, “Palillo”?- le preguntó la mamá de Selín con ternura.
-No, -contestó éste-
-Pues canta otra cosa que tú sepas. Vamos a ver, ¿Qué sabes cantar?
Sin levantar los ojos del mantel, tímido, ruboroso y con voz apagada, contestó “Palillo”:
-No sé cantar más que la pelona.
A todos les hizo mucha gracia la salida del niño y el padre de Selín , lleno de entusiasmo y buen humor, dijo al pequeño:
-¡Bien por la pelona; duro con ella, “Palillo”!
“Palillo, sin levantar la cabeza, con buena entonación y mucha parsimonia, cantó la pelona, con gran regocijo de todos.

La pelona no se pela
porque no tiene dinero…

………………………..

Terminada la fiesta, “Palillo”, vestido con los trajecitos de Selín, los bolsillos llenos de dulces y abrazado a sus juguetes, fue conducido por los padres de éste al lado de su madre.
Ya supondréis, mis pequeños lectorcitos, la impresión que no le haría a ésta, ver llegar a palillo con su nueva vestimenta, los juguetes bajo del brazo y acompañado de tan encopetados señores.
“Palillo” repartió sus dulces entre sus hermanos y se restregó los ojos con sus manecitas, no sabemos si porque tenía sueño o porque creyó que había estado soñando.

…. …. …. …. ….



Este es el cuento, mejor dicho, el sucedido que quería relataros. ¿Queréis mis pequeños y amables lectorcitos, imitar a Selín la próxima Noche Buena?
Ya sabéis lo que dijo Jesús: “Cualquiera que reciba en mi nombre a un pequeño como éste, a Mí me recibe”.

Eladia Montesino-Espartero Averly
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