jueves, 12 de noviembre de 2009

EL PEQUEÑO INVITADO (Cuento de Navidad)

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EL PEQUEÑO INVITADO(Cuento de Navidad)
AÑO 1945


¿Un cuento, mis pequeños lectores?
¿Os gustaría de hermosas hadas o de poderosos magos? ¿Lo preferís, tal vez , de príncipes encantados o de enanillos cascarrabias?.
…No. Vamos a dejar tranquilos a estos seres más o menos fantásticos y descendamos a cosas más humanas… Escuchadme; voy a contaros el cuento de un niño muy pequeño que tenía un corazón muy grande.
¿Estáis ya sentaditos, calladitos, formales, atentos? Pues… escuchad, que empiezo.
Antes quisiera haceros una pequeña advertencia: que ésto que voy a referiros, no es cuento, sino historia, es decir, que ha pasado de verdad y no de mentirijillas, como sucede en los cuentos.
Estaréis impacientes por conocer al héroe de mi historia y no quiero haceros esperar más.
Aquí tenéis a un nuevo amigo: Joselín o Selín, según él, pues en su deliciosa media lengua, como era tan pequeño y debía de tener muy buen apetito, se comía muchas letras de las palabras al hablar y ésto le sucedía hasta con su propio nombre.
¡Qué cabecita de rebeldes rizos, la de Selín! ¡qué mofletes redondos y coloraditos como una manzana! ¡Qué ojillos vivos y escudriñadores! ¡Qué nariz regordeta y chatilla!... Era, como vulgarmente se dice ahora, “un sol de chico”. Con todo y con eso, por dentro, su alma era mucho más “sol” que su cuerpo.
¡Cómo nevaba aquella tarde!... Caía la nieve menudita y silenciosa, con gran entusiasmo de Selín, que palmoteaba de alegría.



-¡Papá, mira, todo se pone blanco, cada vez más blanco!
Efectivamente, nuestro amiguito tenía razón. La nieve lo cubría todo y el paisaje presentaba un aspecto, tan diferente, tan nuevo a los ojos del pequeño espectador, que éste reía, saltaba, palmoteaba y gritaba lleno de gozo.
-¡Qué bonita es la nieve!... ¡Yo quiero que nieve todos los días!. -¿Todos los días? –preguntó el padre, sonriendo ante el infantil entusiasmo- Te cansarías más pronto de lo que tú crees.
-¡No me cansaría nunca, papá!... ¡Yo quiero que nieve mil días seguidos!
-Además –insinuó su padre- ¡has pensado en los pobrecitos niños que no tienen casa, que se mueren de hambre y de frío por esas calles de Dios?
-¿Qué has dicho, papaito? –interrogó el niño, quedándose repentinamente quieto y serio y mirando a su padre con singular asombro.
-Quiero decir, mi pequeño Selín, que los niños pobres que no tienen buena casa como tú, con buena calefacción, como tú la tienes y ni siquiera ropa suficiente para estar abrigaditos como tú lo estás, en vez de disfrutar, sufrirán mucho y hasta pueden caer enfermos en estos días de nieve que a ti te parecen tan bonitos.
-¿Y qué harán? –preguntó nuestro pequeño Selín, con los ojos ya llenos de lágrimas.
-Pues, hijo mío, llorar.
Volvióse Selín a contemplar de nuevo la nieve, que tan alegre y alborozadamente mirara antes y apoyando su frentecita en los cristales del balcón, quedó así unos segundos. Mientras observaba, distraídamente, cómo seguían cayendo los copos, cual diminutos pedacitos de algodón, resbalaron por sus redondos mofletes gruesas lágrimas que no pudo contener.
-¡Bah! –dijo su padre, cogiéndole en sus brazos y secándoselas cariñosamente con el pañuelo-. Te he entristecido con mis palabras. Se acabó. Mírame… y sonríe.
El pequeño Selín intentó obedecer; pero la sonrisa que inició convirtióse en un “pucherito” y bajó la cabeza hasta dar con la barbilla en el pecho.
-¡Vaya por Dios, hombre! ¡Qué corazón tienes! ¡Pues sí que vas a estar divertido toda tu vida! Anda; dí que te vistan, que ahora mismo, antes de que sea más tarde, vamos a salir tu madre, tú y yo a comprar los turrones y los dulces para la cena de esta noche. Ya verás cuantas cosas vamos a traer. ¡Y qué ricas!
Vistió a Selín el ama Concha con un buen abrigo de inmejorable paño, su buena bufanda y sus buenos guantes de punto de lana, confeccionados por su madre con primor y cariño, no sin que antes le calzaran sus costosas botitas de excelente cuero, sus estupendas polainas de ante. Púsole después una pequeña boina, graciosamente inclinada y tras de mirarle y remirarle por todas partes, quitándole un hilillo blanco que se le había pegado en la manga del abrigo, le besó amorosamente, y le dijo satisfecha: -¡Ea, ya está mi niño! Corre a avisar a papá.
Nuestro pequeño Selín salió corriendo por el pasillo, olvidada ya por completo la escena que anteriormente había tenido con su padre junto al balcón del despacho, pues en aquellos instantes, la visión de los turrones y peladillas ocupaba todos los rincones de su pensamiento. Intentaba saltar de alegría mientras corría hacia el despacho. Inútil empeño, porque nuestro Selín iba hecho un paquete. Recordaba a uno de esos gorrioncitos que, a veces, mis pequeños lectores, veréis posados en las barandillas de vuestros balcones. Intentó de nuevo dar un brinquito, mientras gritaba con entusiasmo:
-¡Olé! ¡Qué bien, papaito! ¡Ya podemos salir!...
Pero perdió por completo el equilibrio y rodó como una pelota de lana.
Crujía la nieve bajo los piececitos de Selín, que caminaba cogido de las manos de sus papás.
Lleno de gozo, juguetón y travieso, daba con la punta del pie a la nieve, que salía esparcida por el aire. Para divertirle, hízole su padre una bola que le puso delante del pie; y nuestro amiguito “chutó” tan bien como pudiera haberlo hecho el mejor de los futbolistas.
¡Qué ricos turrones!... Vosotros seréis muy golosos, ¿verdad? Sí; bien lo veo en vuestros ojos mis pequeños lectorcillos, porque cada vez que hablo de cosas dulces os relaméis de gusto. Además me lo ha dicho un pajarito que me cuenta todo.



Así es también mi pequeño héroe. No os extrañe verle volver a su casa radiante de alegría. ¡Son tantas y tan ricas las golosinas que llevan sus papás! Hasta el ama Concha ha tenido que venir a echarles una mano. Porque aquellos paquetes, habéis de saber que iban llenos de turrones, figuritas de mazapán, piñonatas, peladillas, frutas escarchadas…Bueno; no sigo, porque veo que se os está haciendo la boca agua y no quiero poneros los dientes largos antes de tiempo.
Pasó Selín con sus padres por una calle, solitaria y mal alumbrada, cuando vió sentado junto al quicio de una puerta a un niño que lloraba amargamente y tiritaba de frío. Su cabecita era una verdadera maraña de rubios rizos, sucios y mal cuidados; la camisita y el pequeño pantalón, hecho jirones, apenas cubría su débil cuerpecillo, hasta tal punto delgado, que allí no había más que huesos y pellejo. Sus ojos, llenos de lágrimas, expresaban más claramente que las palabras la tragedia de su corazón.
Selín se soltó repentinamente de las manos de sus padres y, acercándose al pobre niño, le preguntó:
-¿Por qué lloras?
El interpelado no contestó y siguió llorando.
-¿No oyes? ¿Por qué lloras? ¿Y tu mamá y tu papá? ¿Por qué no vas con ellos a comprar los turrones?
-Mi padre ha muerto y mi madre está pidiendo por la plaza con mis dos hermanos más pequeños –murmuró, casi entre dientes, el niño, en medio de lágrimas y suspiros.
No llores,. Vete con tu madre. Estás muerto de frío –dijo la mamá de Selín, poniendo en pie al pequeñuelo.
-¿Dónde está tu casa?- le preguntó Selín.
No tengo casa.
“No tiene casa –pensaba Selín entristecido- no tiene papá, no tiene a penas ropa con que abrigarse; no comerá turrones esta noche, y tal vez ni siquiera pan…”
Y, encarándose con su padre:
-Este niño es de los que tú decías antes que no se ponían contentos, como yo, cuando nevaba.

Mientras Selín hablaba así, su padre había puesto mil pesetas en la manita helada del pobre chiquito, y le aconsejaba que volviese al lado de su madre. Pero Selín, cogiéndole por una mano, dijo a su papá, con mirada suplicante:
Papaito; quiero que este niño cene en casa conmigo y que coma muchos dulces como yo.
-No seré yo quien te prive de este gusto, mi querido Selín.
Su madre, emocionada, besó con ternura a nuestro amiguito, y el ama Concha, con el dorso de su gruesa mano, se limpió una lagrimilla que le resbalaba por el rostro.
¡Qué noche inolvidable para Selín! Con permiso de su mamá, regaló ropa de su armario al niño pobre, hasta que quedó perfectamente vestido, no sin que antes, el ama Concha le diera un buen “fregado” , con jabón y agua caliente.
-¿No tienes juguetes? –le preguntó Selín –Toma este caballo para ti y este carrito y esta pelota. ¿Te gusta este avión? Para ti también- Y jugaron juntos, como dos buenos amigos, hasta el momento de cenar.
Mientras tanto, Selín, hizo mil preguntas a su invitado. Averiguó que se llamaba “Palillo” ; que tenía seis años; que su padre, mientras vivió, arreglaba cacharros viejos de cocina y componía paraguas rotos…
-Pero, oye, chico, -dijo el ama Concha sonriendo- Eso no es un nombre. Que yo sepa no hay ningún San Palillo en el calendario. Será un mote.
-No sé, señora –contestó tímidamente el pequeño invitado- Sólo sé que me llaman “Palillo” porque dicen que estoy siempre “mu delgao”
¡Qué bien tenía todo dispuesto la mamá de Selín en el comedor! La mantelería, la vajilla y la cristalería eran las de las grandes solemnidades.
Los turrones, las figuritas de mazapán, pastas, frutas escarchadas; piñones y peladillas; caramelos, bombones, artísticamente colocados en bandeja de plata con primorosos pañitos de encajes, estaban diciendo ¡¡cómeme!!

El padre de nuestro amiguito, recordando un pasaje de los Evangelios, observó con voz suave, no exenta de emoción:
-“Cualquiera que reciba en mi nombre a un pequeño como éste, a mí me recibe”
-Muy bien –exclamó la madre de Selín- en vista de lo que acabas de decir, “Palillo” ocupará el puesto de honor de nuestra mesa.
Sentáronse a ésta. El pequeño invitado denotaba en cierto temblorcillo de sus manos, la honda turbación espiritual que sentía. Los ojitos bajos, la naricilla con las fosas bien abiertas, percibiendo el grato olor que despedía la sopera. Sin atreverse a mirar a ninguna parte, sobrecogido y trémulo porque sentía cómo caía sobre él las miradas de los padres de Selín, de Selín y de ama Concha. Pero, en verdad, esta situación duró muy poco, pues en cuanto “Palillo” se llevó a la boca la primera cucharada, desapareció casi por entero su azoramiento y comió con tanta gana y fruición que apenas tenía tiempo para contestar a las preguntas que le hacían.
Terminada la suculenta y sabrosísima cena, la mamá de Selín, con dulce y bien timbrada voz, entonó un villancico, para encanto de los dos niños que la escuchaban con la boca abierta.

Por la calle arribita
va el niño Jesús,
de piedrita en piedrita
posando la cruz.

Al terminar, todos rompieron en una salva de aplausos.
-Yo no he de ser menos. Allá va mi villancico –dijo el padre-



En Belén tocan a fuego,
del portal sale la llama:
es una estrella del cielo
que ha caído entre las pajas

-¡Ay, papaito! ¿Se quemaría el Niño Jesús?
-No, Selín, porque verás… llegó un angelito, con una preciosa regadera de oro y lo apagó en seguida.
-¡Ama Concha, ama Concha, ahora tú! –gritaba el niño.
-Yo ya soy muy vieja, Selín, y no sé si me acordaré de algún villancico.
Vamos a ver si te gusta éste:

¡Ay, que niño tan chiquito!
¡Ay, que cara tan galana!
¡Ay, que niño tan bonito
que nació en esta comarca!

Siguió el ama Concha, con su voz un poco cascada, y al terminar en medio del mayor entusiasmo, dijo a Selín:
-Vamos allá, mi niño, tú no vas a ser menos.
La vocecita de nuestro héroe sonó así:

Al niño recién nacido
todos le entregan un don;
yo soy niño, nada tengo,
le entrego mi corazón.

Todos los aplausos fueron pocos para Selín. De pronto éste se volvió hacia “Palillo” y le dijo mientras le abrazaba:
-¡Ahora tú, ahora tú!
-Sí, sí –dijeron todos- Ahora que cante “Palillo” un villancico.
El pequeño invitado, hundió la barbilla en el pecho y hubiera querido desaparecer debajo de la mesa.
-¿No sabes ninguno, “Palillo”?- le preguntó la mamá de Selín con ternura.
-No, -contestó éste-
-Pues canta otra cosa que tú sepas. Vamos a ver, ¿Qué sabes cantar?
Sin levantar los ojos del mantel, tímido, ruboroso y con voz apagada, contestó “Palillo”:
-No sé cantar más que la pelona.
A todos les hizo mucha gracia la salida del niño y el padre de Selín , lleno de entusiasmo y buen humor, dijo al pequeño:
-¡Bien por la pelona; duro con ella, “Palillo”!
“Palillo, sin levantar la cabeza, con buena entonación y mucha parsimonia, cantó la pelona, con gran regocijo de todos.

La pelona no se pela
porque no tiene dinero…

………………………..

Terminada la fiesta, “Palillo”, vestido con los trajecitos de Selín, los bolsillos llenos de dulces y abrazado a sus juguetes, fue conducido por los padres de éste al lado de su madre.
Ya supondréis, mis pequeños lectorcitos, la impresión que no le haría a ésta, ver llegar a palillo con su nueva vestimenta, los juguetes bajo del brazo y acompañado de tan encopetados señores.
“Palillo” repartió sus dulces entre sus hermanos y se restregó los ojos con sus manecitas, no sabemos si porque tenía sueño o porque creyó que había estado soñando.

…. …. …. …. ….



Este es el cuento, mejor dicho, el sucedido que quería relataros. ¿Queréis mis pequeños y amables lectorcitos, imitar a Selín la próxima Noche Buena?
Ya sabéis lo que dijo Jesús: “Cualquiera que reciba en mi nombre a un pequeño como éste, a Mí me recibe”.

Eladia Montesino-Espartero Averly
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miércoles, 16 de septiembre de 2009

A C H Ú - (El Silencioso)

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De Eladia Montesino-Espartero Averly

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A Laura María le dijeron que pronto tendría un hermanito… ¡Ella, se lo había pedido tantas veces a la cigüeña cuando la veía cruzar rápida por el azul del cielo!... Es que estaba ya tan aburrida la pobre niña de no poder jugar con nadie en casa, que esta noticia le llenó de alegría y soñaba día y noche con el feliz acontecimiento de tener un compañero de juegos.
Además, ya no estaría envidiosa de su prima Chiqui, a la que todos los años, la cigüeña, le traía un hermanito nuevo, y, últimamente, se sintió espléndida y le trajo dos a un tiempo. ¡Qué suerte tenía Chiqui!...
Laura María, cada vez que pasaba una cigüeña le gritaba desde el balcón con todas las fuerzas de sus pulmones:
-¡¡¡Que nos traigas un niñoooo!!!...
Pero nada. Y la pobre pequeña, que ya contaba cuatro años, estaba cansada de jugar con su amiga del espejo que, como era ella misma, no hacía más que copiar como un mono de imitación todos sus movimientos, pero no hablaba... ¡Qué fastidio!

-¿Juegas? -la decía- yo soy la mamá y tú la niña, y el espejo reproducía todos sus gestos, pero era una amiguita muda.
Un día del mes de Febrero, con la naricita pegada al cristal del balcón, miraba Laura María muy atentamente hacia el cielo, mientras su mamá terminaba un preciosos jerselito de niño pequeño, al que estaba dando los últimos toques.
-¿Qué haces, nena? Preguntola intrigada.
-Estoy mirando una cigüeña que no hace más que volar frente a nuestra casa, pero va muy alta. ¿Será?...


Si, fue…
Fue lo que había pasado por la cabeza de Laura María.
Por la noche entró la cigüeña por el balcón que el papá de la niña había dejado abierto y depositó sobre la cama de su mamá un envoltorio que todos abrieron enseguida, y allí estaba, ante el entusiasmo de la familia, un precioso niño, gordito y sonrosado, que, al aparecer desnudito fuera del pañal que lo envolvía, estornudó con fuerza.
-¡¡Achú!!... ¡¡Achú!!...
-¿qué ha hecho,? –preguntó asombrada Laura María.
Su abuelita contestó a la pequeña:
-Tu hermanito ha estornudado. Ha hecho así: ¡¡Achú ¡¡Achú!!... ¿Cómo ha hecho el niño, nena?
Laura María repetía nerviosa y muerta de risa:
-¡¡Achú!... ¡¡Achú!... El niño ha hecho ¡Achú!...mamá, papá, el hermanito ha hecho ¡Achú! ¡Qué risa, abuelita! ¡Qué bonito es! ¡Qué ojitos tiene! Me está mirando. Es que me conoce y sabe que soy su hermanita… ¿Cómo te llamas? –preguntó Laura María al pequeño.
El niño, por toda respuesta, volvió a estornudar:
-¡Achú!... ¡Achú!...
-Dice que se llama “Achú”, papá, mamá, abuelita. ¡Qué gracioso! Dice que se llama “Achú” –y Laura María se reía a carcajada, y saltaba palmoteando llena de alegría.


Al hermanito no se le oía. No lloraba nunca. No hacía más que dormir, lo que desesperaba a Laura María, porque su vida, que creyó iba a cambiar, seguía siendo la misma que antes de nacer “Achú”, que así le llamaban ya todos, aunque el nombre que le puso el cura al bautizarle no fue ése, precisamente, sino Pedro Domingo.
Con ese ceporro de niño no había quien jugase, porque era como un tronco, y encima, si ella se acercaba a la cuna del hermanito, en seguida la decían que se fuera de su lado porque se iba a despertar. Pues… ¡Eso era lo que Laura María quería! ¡Vaya un compañero de juegos que le había traído la cigüeña más dormilón!...
-¡Mamá, mamá! que “Achú” se ha puesto de pie en la cama y te está tirando todo lo que tienes en la mesilla de noche…
Pues pasados algunos meses, ya empezó a decir el niño “Aquí estoy yo” no con las palabras, sino con los hechos. El despertador estaba en el suelo con el cristal roto; una bandejita de plata; la lamparita y hasta un paquete de cigarrillos de su padre. Estos había tenido buen cuidado de irlos sacando de su paquete y tirándolos uno a uno, como si fuese deshojando una margarita, y el último se disponía a comérselo, ya le había dado un mordisco y estaba poniendo caras raras por lo mal que le sabía, cuando llegó su madre.
-¡Dios mío, la que has armado!...

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Cada día hacía una de las suyas el silencioso “Achú” y ya su mamá empezaba a perder la paciencia a pesar de la mucha que tenía.
-Mamá –dijo la niña- ¿no decías que mañana es el cumpleaños de “Achú”?
-Si, hija mía, mañana es. Invitaremos a todos vuestros primitos y amigos para festejarlo.
La madre de “Achú” preparó al día siguiente una riquísima merienda en la que no faltó una exquisita tarta, que además de exquisita estaba artísticamente adornada con merengue, chocolate y unas preciosas guindas escarchadas, coloraditas y estupendas.
En el centro, lucía una preciosa velita que tenía que apagar “Achú” de un soplido.


Hacía varios días que estaban enseñando al pequeño a soplar con fuerza, y gastaron varias cajas de cerillas en este menester, pues generalmente quería apagarla con la mano. Por fin llegó a soplar el pequeño a la perfección y ya lo hacía mejor que Eolo cuando a éste se le hinchaban las narices. Pero cuando le pusieron la tarta delante, a la vista de todos los niños invitados, fue tal su entusiasmo, (porque era muy tragón) que apagó la vela de un manotazo, y cogiendo un puñado de tarta se la metió en la boca antes de que nadie pudiera evitarlo.
Excuso deciros, mis pequeños lectores, cómo se puso la cara. ¡Parecía un payaso de circo de los que vosotros muy bien conocéis! Y para acabar de arreglarlo se limpió las manos en el precioso mantel que su mamá había puesto para festejar su cumpleaños.
-¡Vaya por Dios!... ¡Vaya por Dios! –exclamó su madre consternada- ¡No sé lo que te haría, “Achú “ ¡Vaya estropicio has organizado!...
En cambio todos su primos y amiguitos, que no eran pocos, reían a carcajadas. Mientas tanto él, el silencioso “Achú”, no decía nada, pero comprendía que había hecho mal, que su madre estaba muy enfadada, y la miraba con sus grandes ojos inocentes y suplicantes, parecían decir “¡Ya no más, mamá!... ¡Ya no más! “

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“Achú” fue creciendo. Ya perecía casi un hombrecito. Pasó su segundo aniversario y en su casa festejaron los dos años del niño invitando de nuevo a todos su primos y amigos, pero esta vez apagó las dos rizadas velitas con más formalidad que al cumplir su primer año, aunque como no se estaba quieto, se cayó del sillón y apareció por debajo de la mesa, con gran regocijo de su hermanita Laura María y de todos los demás niños, que aplaudieron como si hubieran visto un juego de manos: “¿Veis a “Achú?”… ¡pues ya no lo veis!”
-Menos mal, -decía Laura María- que ya podré jugar con alguien.
Pero “Achú” como decía su tía Mary, “vivía su vida y no llevaba cuenta con nadie” Él no hablaba, pero, bueno… ¡hacía cada cosa!...
Todo el mundo comentaba: “Este niño no dice nada. Ya tiene edad de hablar algo, pero que si quieres”…
Su abuelo, que era un humorista y tenía siempre ganas de bromas, cuando alguien le preguntaba que si por fin hablaba algo el pequeño, decía con gracia:
¡Sí hombre, ya sabe decir “que”!

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La pobre Laura María continuaba jugando con la niña del espejo, puesto que su hermanito “Achú” seguía a su vez “viviendo su vida” y sin llevar cuenta con ella.
Por eso no es de extrañar que siguiera asomándose al balcón a ver si pasaba una de esas simpáticas zancudas que traen los niños a las casas para gritarla:
-¡Cigüeña! ¡Que me traigas una hermanitaaaa!...
La cigüeña, obediente a su mandato trajo a la casa una niña preciosa algún tiempo después.
Pero como era tan chiquitita tampoco la sacaba de apuros y estaba ya harta de la niña del espejo. Como habían pasado cuatro meses y su hermanita Any, que así se llamaba, no sabía ni siquiera andar, volvió a la carga con la cigüeña a la que muy enfadada ya, la dijo:
-¡Que nos traigas otra niñaaa!... ¡pero como yo de grandeee!...
-Mira, laura María, por lo que más quieras! -dijeron a un tiempo su papá y su mamá -muy enfadados- Haz el favor de no volverte a asomar más al balcón y deja en paz a las cigüeñas. Desde mañana empezarás a ir al colegio y allí tendrás. infinidad de niñas con quienes jugar y ya no necesitarás hacerlo con la niña del espejo. Y así sucedió.



Gracias a esto todos se tranquilizaron en la casa, bueno,
hasta cierto punto, porgue en cuanto al silencioso “AChú.” seguía en silencio haciendo de las suyas con su carita de ángel, que parecía que jamás había roto un plato.
Su mamá ya no se limitaba a reñirle, sino que, a veces, le daba unos buenos azotes, con la mano de muelle, en... bueno, en el sitio de los azotes, es decir, en donde la espalda pierde su nombre, pero él, con sus grandes ojos llenos de inocencia y de susto, decía... porque al fin aprendió a decir algo.
-!Ya ya no ma, mamá! ! ya no !Beso, beso!... y ponía su manita en alto como si jurase sobre los evangelios, mientras movía su preciosa cabecita de izquierda a derecha y de derecha a izquierda en actitud negativa para dar más fuerza a lo que aseguraba.
¿Quién no daba un beso a este sol? Su arrepentimiento era sincero, auténtico y noble, pero... pero...

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Pasó "Achú” el sarampión sin complicaciones, pero sentía el deseo de que le mimasen como antes de nacer su hermana Any. A él ya le consideraban como un hombrecito.
Durante la enfermedad volvió a recaer todo el mimo de la familia sobre “Achú”.
-¿Cómo está el niño?-preguntaban a sus padres.
-Está un poquito pachucho; pero ya se levanta de la cama.



Volvió el pequeño y silencioso “Achú” a hacer su vida habitual y sentía pena de no verse mimado como durante el sarampión, así que si se despertaba por la noche, llamaba a su mamá y le día:
-¡ Mamá, beso !
Su madre se levantaba y acudía a dárselo sin pereza, pero muerta de frío, hasta que tuvo que decidir echarle el beso desde su cama, lo que a "Achú" no le hacía gracia.
-¿Te pasa algo?
-Sí.
-¿Qué te ocurre?
-!Estoy pachucho!- decía con acento lastimero.
Esta frase se la había aprendido tan bien que en cuanto creía que no le hacían bastante caso, ponía una carita muy triste y repetía: -!Estoy pachucho!

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-¿Qué hará el niño que no se le siente hace tiempo?- decía su madre un poco alarmada.
En aquel momento llegó a sus oídos un grito de Laura María seguido del llanto de la niña. Salió corriendo por el pasillo y al verla en el suelo corrió a levantarla, pero resbaló en algo pegajoso y deslizante y cayó también.
Al ruido acudió el padre que después de hacer varias contorsiones para no perder el equilibrio cayó asimismo cuan largo era.
-¿pero qué es esto? ¡Dios mío, la pasta de las croquetas que teníamos para esta noche ¡- dijo la madre.
Eso era, efectivamente , y estaba extendida por el suelo del pasillo.
Esta vez tomó cartas en el asunto el padre de “Achú” .
¿Donde está ese mamarracho?
No lo encontraban por ninguna parte.
-! “Achú”… "Achú” ! ...
El niño no aparecía. Revolvieron toda la casa y hasta miraron dentro de los armarios y debajo de las camas sin encontrarle.
-¡.Pero, Dios mío! ¿Dónde puede estar esta criatura- decía la madre angustiada, porque ya no sabían dónde buscarle.

Salió el padre de “Achú” precipitadamente a la calle y recorrió todos los alrededores de la casa, mientras la madre preguntaba a las personas que vivían en los distintos pisos de ella, pero el pequeño “Achú” seguía sin aparecer.
Laura María y su mamá lloraban abrazadas mientras el padre llamaba, nervioso, por teléfono a la Comisaría de Policía, pensando que se trataba de un rapto.
La casa se llenó de gente. Todo el murado preguntaba, todo el mundo hablaba a un tiempo y no había quien se entendiera.
-Vamos a ver. ¿Desde cuando han notado ustedes la falta del niño?
-preguntó el comisario.
-Desde poco después de la hora de comer -contestaron los padres de
“Achú”.
!Y eran las once de la noche! ¡Qué horror!
Al enterarse los tíos del pequeño acudieron también con algunos de sus hijos, y hasta el perro que tenía uno de ellos, un gracioso fox-terrier, que jugaba mucho con “Achú” y era su buen amigo.

Al no verle empezó a olfatear buscándole.
La familia en pleno le seguía, y, cual no seria el asombro de todos cuando al tirar el perro, con la boca, de una cortina del salón, descubrió a “Achú” que dormía como un leño, tras ella, acurrucado en el suelo.
Al ruido, despertó , y al ver acercarse a sus padres, con la carita toda embadurnada de pasta de croqueta, así como el trajecito que llevaba puesto, se levantó de pronto asustado, y con la manita en alto, como tenía costumbre, repetía sin cesar:
-¡Ya no ma, mamá! ¡Ya no ma, papá ¡ ¡Ya no!¡… ¡Beso, beso!

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¿Creéis mis pequeños lectores que ésta fue la última hazaña del silencioso “Achú” ?...
No sé, no sé… permitidme que lo dude. Hace tiempo que no le veo, supongo que seguirá “viviendo su vida”, como decía su tia Mary.
Puedo enterarme bien, y si os interesa, no tenéis más que escribirme una cartita diciéndomelo y os complaceré.

Eladia Montesino-Espartero Averly
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viernes, 2 de enero de 2009

EL SUEÑO DE UNA MUÑECA (Contado por ella misma)


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De





PRESENTACIÓN:
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¡Nadie! No os asustéis, soy yo…¡Nadie!, un personaje sin importancia, una muñeca. Tal vez me habréis visto en el escaparate de un bazar, y quien sabe si alguna de vosotras, mis graciosas lectorcillas, quedándoos extasiadas delante de mí, habréis exclamado: "Mamá, mira que muñeca tan preciosa! ¡Cómpramela! " Y mamá, pensando en algo más serio que muñecas caras, habrá respondido, apretando el paso: “Sí, nena, otro día, hoy llevamos mucha prisa y no podemos entretenernos” ¡Están tan caras las subsistencias! Las mamás deben de pensar allá en sus adentros, que ya tienen bastante con sus muñecas de carne y hueso. Sin embargo, yo no hago mucho gasto en una casa, os lo aseguro. ¿Qué cómo soy? Trataré de haceros un retrato lo más exacto posible de mi personita, tal y como yo me he visto en una de los espejos que tenía enfrente mientras estuve en el escaparate del bazar. De estatura soy una de las mayores entre mis compañeras; tengo los ojos azules, una melenita rubia y un trajecito escocés muy corto con un cuellecito blanco. Ando muy bien de salud como lo prueba el buen color que tienen mis mofletes. Y conste que no me pinto. ¿A que me conocéis? Estoy segura de ello. No sé que ocurrencia me habrá dado de escribir mi sueño. Las otras muñecas dicen que estoy más loca que una cabra y sobre todo, una de ellas que se las echa de poetisa, ha soltado en mis propias narices una carcajada casi histérica al enterarse y ha dicho: “¡Ay, hija! Me parece que te metes en camisa de once varas” Y luego, con cierto aire de superioridad, me ha vuelto la espalda y dirigiéndose a los otros compañeros ha exclamado: “La verdad es que no hay nada más atrevido que la ignorancia. ¡No os parece?” Hubo quien dijo que, no sabiendo qué hacer por sobresalir, me había puesto a escribir este cuento, pero yo os aseguro que todo eso es falso, y que si he querido contaros mi sueño fantástico, ha sido tan sólo con el afán de distraeros un ratito. ¡Yo quiero tanto a los niños!

I I

DE UN BAZAR A UN PALACIO

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Era el día de Santa Ana, madre de la Virgen como sabéis todas. Sí, recuerdo perfectamente que estaba yo aquella tarde en el escaparate del bazar, como ya os he dicho, con un humor impropio, por cierto, de una muñeca bien educada, a causa de una discusión muy grande que había tenido con la muñeca que estaba a mi derecha. Esto de los tiquis-miquis entre muñecas es cosa muy corriente, aunque parezca mentira. Y os advierto que toda la riña fue porque se había empeñado en decir que su melenita era más rubia que la mía: ¡Qué ilusiones! ¡Cuando yo era la más rubia de todo el bazar!
-Eres una presumida- dijo ella.
-Y tú un adefesio- contesté indignada
-¡Y tú una cacatúa!
-¡Y tú un cocodrilo!
La cosa iba poniéndose fea. En esto, un muñeco muy grande, vestido de payaso, puso fin a la discusión diciendo a la otra:
-Si no te callas ahora mismo, te agarro por esos pelos rubios que se te han subido a la cabeza, y no te dejo uno solo en el cuero cabelludo.
-Es que…
-Nada ¡lo dicho!
¡Oh!…se puso lívida, pero no volvió a decir “esta boca es mía” como que todos teníamos cierto pánico al payaso, porque era un forzudo.
No es que yo lo diga, pero siempre tuvo predilección por mí. Esto me halagaba mucho, y me emocionaba, no poco, que siempre saliese a mi favor. Al ver que esta vez, como todas, tomaba partido por mi, no pude por menos de echarle una mirada de profundo agradecimiento.


Aún me duraba el mal humor y estaba yo pensando en lo fatuas que son algunas muñecas, cuando vi pararse delante del bazar un magnífico automóvil y descender de él a una señora, muy joven, muy guapa y muy elegante, acompañada de una niña, como de cuatro años, preciosa. Rubia como yo, con una melenita como la mía, y un vestido muy cortito, como mi vestido.
-Dime, Ana María, ¿Cuál es la muñeca que quieres que te compre por tu santo?
Y Ana María, empinándose sobre las puntas de sus pies para ver mejor, contestó llena de entusiasmo, al tiempo que me señalaba con su dedito.
Entraron en el establecimiento, explicaron la muñeca que deseaban comprar, y uno de aquellos hombres del bazar me sacó del escaparate y me puso en el mostrador, diciendo:
-¿Es esta la que desean ustedes?
-Si-contestó Ana María mientras me contemplaba sonriendo de satisfacción.
-¿Quieren ustedes que la meta en una caja y se la lleve al automóvil?
-¡No, no! Así, démela pronto, señor.
-Él me puso en brazos de mi compradora y ésta, en un rapto de entusiasmo, me dio un abrazo y un beso.
Al dirigirnos al auto, y cuando pasábamos por delante del payaso, vi que me contemplaba enternecido. Yo le miré con simpatía y como diciendo adiós.
La muñeca con quien me había peleado momentos antes, me miró con rabia y con envidia, y yo le eché una mirada de olímpico desprecio que la dejó helada. Además, por si esto fuera poco, le saqué la lengua.

I I I

MI SUEÑO

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Llegamos a casa de mi compradora. ¡Un palacio! Todo nuevo para mí. ¡Qué alegría! Luego, las personas muy amables, diciendo que yo era tan bonita…Me sentía aturdida , y entre tanta novedad, ¡oh, ingratitud de algunas muñecas, llegué a olvidarme del pobre payaso, mi fiel amigo, de los días del bazar.
Apenas puedo creer lo mucho y bueno que me sucede. Bueno, quiero decir que me parece mentira que haya una persona que me cuide como Dolly, así llaman a Ana María; que me haga sus confidencias como Dolly, y en una palabra, que me quiera como ella. Esto último, sobre todo, es lo que más me gusta, porque nadie me había querido nunca hasta ahora. Es decir, mi buen amigo el payaso también me quería mucho. ¡Si pudiera
tenerlo aquí conmigo para que disfrutase de todas estas cosas buenas que tengo a mi alrededor, sería todo lo feliz que puede ser una muñeca!
Otra de las ventajas de mi nueva vida es que tengo una camita lindísima, con un colchón muy blando, y todas las noches, Dolly me desnuda y me acuesta, no sin que antes me haya hecho rezar una oración que ella sabe y que es así:

Jesusito de mi vida
eres niño como yo,
y te quiero tanto, tanto,
que te doy mi corazón.

Una vez que Dolly me deja metida en la cama, viene Miss Mary, su “nurs” y hace con ella lo mismo que ella ha hecho conmigo, después nos apaga la luz y … ¡a dormir!
¡Qué sueños tan agradables tiene una muñeca cuando duerme en una cama tan buena ¡Esta noche, apoco de apagarnos la luz, noté que me habían salido unas alas muy grandes y muy blancas, lo mismo que las que deben de tener los ángeles en el cielo. Me puse a dar saltos de alegría ante tan inesperada felicidad. Porque para mi modo de ver, no hay dicha comparable a la de tener alas y elevarse muy alto, muy alto, hasta perderse de vista en el espacio. Claro que esta es una pequeña opinión de muñeca y, por lo tanto, no merece la pena de tomarla en cuenta; pero quién sabe si algún día, cuando hayáis crecido un poco más, alguno de vosotros, pequeños lectores, no encontraréis tan despreciable esta pequeña opinión de una muñeca que os contó su sueño fantástico para entreteneros.
Pero dejemos estas filosofías ridículas, que no pueden interesaros y vamos al grano.
Como os iba diciendo, empecé a dar saltos llena de regocijo al verme con aquellas alas y en una de mis cabriolas salí por el balcón y me entusiasmé volando. De tal manera me entusiasmé y tan alto iba ya, que perdí de vista la tierra y no sabía como volver a ella. ¡Vamos, que estaba haciendo la competencia a los astronautas!
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¡Qué conflicto, Dios mío! ¿Qué hago yo ahora? ¿Qué va a decir Dolly al ver que me he escapado? Me va a llamar ingrata y eso no lo podré soportar porque no es verdad.
Me puse a llorar con gran desconsuelo cuando de pronto, a través de mis lágrimas, me fijé que estaba muy cerca de una de esas estrellas tan bonitas que brillan mucho de noche y a ella me dirigí sin pérdida de tiempo.
Cual no sería mi asombro al ver que aquella estrella que a mí me había parecido siempre tan pequeña cuando la miraba desde la tierra, al ir acercándome a ella se iba haciendo grande, grande, inmensa y resultó ser un país encantado, lleno de bosques magníficos, con árboles extraordinarios y todo iluminado por una luz suave, que cambiaba de color según el estado de ánimo de la reina de aquel extraño país, que tan pronto daba reflejos rojos como el fuego, si estaba enfadada, o azules, si la ilusión se apoderaba de ella, o violeta si la tristeza le angustiaba, o rosa si la alegría invadía su corazón.
Los habitantes eran todos seres fantásticos y, según fui viendo poco a poco, allí no se veía una persona corriente ni por un descuido.
Ellas eran hadas vestidas con trajes riquísimos, de gasa y tul bordados en oro y plata, y ellos, magos con largas túnicas de raso de distintos colores, bordadas con estrellitas y plagadas de brillantes.
-¿Sueño o es verdad que estoy viendo todo esto? – dije llena de asombro y frotándome los ojos con las manos.
No, pobre muñequita, no sueñas. ¿Qué has venido a hacer aquí? – dijo la voz suavísima de una de aquellas hadas.
-No lo sé- repuse aturdida y maravillada ante todo aquello, y conté lo que me había sucedido.
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Cuando hube terminado y ya muerta de curiosidad, pregunté:
-pero…bueno, ¿Me queréis decir donde estoy? ¿Quién sois con esa voz tan dulce y esos rizos de oro, y esa túnica blanca, más bonita que la de los ángeles; y por qué lleváis esa varita de brillantes en la mano y esa corona de rosas en la frente? ¿Y por qué?...
-¡Ja, ja, ja, ja!
-¿Se ríe usted? ¿De qué se ríe?
-De la cantidad de preguntas que me has hecho en medio minuto.
-¿Pero no se ríe usted de mí, verdad?- preguntó algo escamada.
-No hija. ¡por Dios! Al contrario; y ahora mismo voy a ir contestando una por una a todas tus preguntas. En primer lugar, te diré que estás en el país del ensueño y la ilusión. Aquí sólo vivimos las hadas, los magos, los gnomos y todos esos seres fantásticos de que habrás oído hablar en los cuentos, así como otros personajes más o menos ideales, que la imaginación del hombre no ha llegado a concebir. Comprendo que tu asombro es grande al ver todo ésto, pero el mío no es menor al verte a ti aquí. Es inconcebible que una muñeca como tú se encuentre en este país. Yo soy la reina de esta estrella y la varita que tanto te extraña es mi cetro mágico. La corona de rosas me la regaló el Pájaro Azul o sea el príncipe Blú, dueño y señor del país del ensueño y de la ilusión. Son rosas que no se marchitan nunca. Y ahora ¿está bien satisfecha la curiosidad de la señora muñeca?
-Si…Digo no…Estoy tan asombrada de todo lo que veo y de lo que oigo que me parece que estoy soñando.
-Mira, muñequita –dijo el hada- me eres muy simpática y en vista de eso voy a organizar para esta noche en mi palacio una fiesta en tu honor. Vamos allá, pues quiero dar órdenes a mi servidumbre.
Llegamos al palacio de mi amiga la reina de las hadas ¡soberbio! Todo él construido de mármol blanco, con magníficas columnas de oro y grandes torreones.
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Entramos en un salón inmenso, al fondo del cual había una escalinata de ónix, con incrustaciones de rubíes formando caprichosos dibujos. Coronábala un trono de oro y esmeraldas, al que subió la reina, y levantando en alto el cetro, dijo con voz dulce y al mismo tiempo de autoridad:
¡Aquí mi servidumbre!
A estas tres palabras dichas por mi amiga Alegría, que así se llamaba el hada, como por arte de encantamiento, entraron en tropel, entre estampidos, fuego y humo, regimientos de enanillos con barbas blancas muy largas y vestidos de encarnado.
Un momento después, entre risas, músicas y cánticos y una lluvia de flores, aparecieron en el aire multitud de hadas vestidas de gasa rosa y blanca. Acto seguido, en una nube con los colores del arco iris llegaron infinidad de magos con túnicas de raso rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo y violeta. Así sucesivamente fueron llegando los espíritus de la noche, los genios del agua, del fuego, del aire y un sinfín de personajes más o menos fantásticos, todos ataviados con riquísimos trajes.
Entre tanto lujo y derroche de fantasía y riqueza en indumentaria y adornos, me llamó la atención un niño casi desnudo, con ojos vendados.
-¿Quién es?- pregunté al hada Alegría.
-Ese niño es Cupido.
¡Ay, hada Alegría, yo quisiera conocerle!
-Le has de conocer esta noche en la fiesta. Aquí no es peligroso, porque al entrar en este país le rompemos las flechas y el arco que suele llevar; pero si te lo encuentras alguna vez allá en la Tierra, desconfía mucho de él, que aunque le ves tan pequeño y parece inofensivo, es un diablillo rojo con cara de buena persona, capaz de revolver al mundo entero y atravesar con sus flechas el pecho de la famosa Cibeles, que, según parece, es una señora de piedra que tenéis en un punto llamado Madrid.
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Si- dije yo- la conozco mucho de vista.
Hada Alegría dirigiéndose a sus súbditos, les dijo:
-Quiero que preparéis para esta noche una fiesta, advirtiéndoos que deseo resulte la más bonita que hasta ahora se haya celebrado.
Enanos, hadas, magos, genios y demás servidores del hada Alegría hicieron una profunda reverencia al mismo tiempo que decían:
-Señora, tus deseos son órdenes para nosotros- y desaparecieron lo mismo que habían aparecido.
-Quiero darte una prueba de mi simpatía -me dijo el hada- Toma esta varita y con ella podrás conseguir cuanto desees. Para ello no tienes más que hacer con ella un círculo en el aire y decir: “Mágica varita -cumple los deseos- de la muñequita” y enseguida, di lo que quieres. Ahora, como me figuro que en tu excursión no habrás traído equipaje voy a prepararte para la fiesta de esta noche. Aquí te dejo sola, pero estate quieta y no revuelvas, muñeca, no vayas a hacer alguna tontería.
Me quedé sola en la inmensidad de aquel salón, y sentí algo muy parecido a eso que allá abajo, en la tierra, llamamos miedo.
-¡Dios mío!- exclamé- si al menos estuviera aquí el payaso del bazar…
De pronto me acordé de la varita mágica que me había regalado el hada Alegría y se me ocurrió hacer uso de ella. “Mágica varita-cumple los deseos-de la muñequita”
En el acto sentí un vendaval formidable y oí un enorme ruido de alas y vi un gigantesco pájaro azul que me decía:

-Soy Blú, el realizador de la ilusión. ¿Qué deseas de mí?
Yo no puedo deciros a punto fijo si fue a efectos del asombro, o del susto de ver a aquel animal tan grande revoloteando por encima de mi pequeñísima persona, el caso es que me quedé sentada en el suelo, sin respiración, sin habla y por poco le dejo que se marche por donde había venido, sin decirle lo que quería.
Al fin recobré un poco mi sangre fría y reuniendo todas mis fuerzas me puse de pie y le dije:
-pues, oiga usted, señor Blú, mi ilusión grande sería encontrar esta noche en la fiesta a mi amigo el payaso.
-¡Tu ilusión se realizará!- contestó con voz solemnemente grave, y mi buen pájaro azul desapareció dejándome con la boca muy abierta, y los ojos más abiertos que la boca y por lo tanto con una expresión de tonta imposible de escribir.
-¿Qué te sucede? Me preguntó Alegría que acababa de entrar sin que yo me diera cuenta.
-¡Ay! ¿Quién me habla?- pregunté dando un brinco.
-Pero criatura, si soy yo. ¿De qué te asustas? Te encuentro algo nerviosilla. ¿Se puede saber qué te pasa?
-¡No! ¿Sabes? Es ése:…el realizador de la ilusión o como se llame. Mira, Alegría, si no fuese tan descomunalmente grande…pero es que hay que ver…Y luego que ¿cualquiera se esperaba que un animalito como ése hablara con voz de bajo profundo! Bien me podías haber avisado al darme la varita.
-¡Ah, vamos! ¿Pero es que se te ha aparecido Blú?
-Si, y te aseguro que con dos sorpresas como ésta enfermo del corazón. Porque aunque algunas personas ignorantes creen que las pobres muñecas no lo tenemos ¡Vaya que sí, y bien grande!
-Te advierto de que es hora de vestirnos para la fiesta.
-Pues vamos allá. ¿Cómo es mi vestido?
-Ya lo verás.
Atravesamos muchos salones a cual más original, pero el que más me gustó fue uno hecho de merengue de fresa.
-¡Ay, los ricos merengues de fresa!- dije a Alegría - ¡Cuántas indigestiones me han costado allá abajo en la Tierra!
-¿Tanto te gustan?
-¡Con delirio! Tengo una marcadísima debilidad por ellos. ¿Puedo lamer un poco las paredes?
-¡¡Guárdate muy bien de hacer semejante cosa!!
-¿Por qué?- pregunté mientras me lamía y se me hacía la boca agua.
-Porque inmediatamente quedarías convertida en merengue de fresa para toda tu vida.
-¡Ay, que rico, Alegría!- suspiré y mientras el hada tiraba de mí, iba yo con la cabeza vuelta hasta perder de vista aquella dichosa habitación.
Llegamos por fin a un salón que mi amiga llamaba el cuarto de los espejos, y cogiéndome la cabeza entre sus manos me dio un beso en la frente y en el acto quedé vestida con un precioso traje de plata y brillantes y un manto de encaje de oro.
-Oye, Alegría, ¿soy yo la que veo en todos estos espejos?
-Si, eres tú, muñeca.
-¡Soy yo, muñeca!- repetí pensativa.- ¿Pero, estás bien segura de que soy yo?
-¡Ja, ja, ja ¿No te reconoces?
-A medias, nada más.
-Bueno, pues ahora me voy a vestir yo. Te lo aviso para que no te asustes y vayas a creer al verme con otra vestimenta que soy también una desconocida.
El hada Alegría levantó los brazos, dio media vuelta y vi con asombro que había quedado envuelta en un extraño manto de luz aurirrosada, cuya cola arrastraba majestuosamente.
Vamos allá, muñeca.
Entramos en el salón de fiestas que parecía un ascua de oro. Yo, con la boca cada vez más abierta, llena de asombro ante aquella profusión de seres extraordinarios, brillos, luces y colores, seguí a Alegría tropezando con todo lo que se me ponía por delante, y enredándome en mi precioso manto de encaje, con tan mala suerte que varias veces estuve a punto de romperme las narices contra el suelo.
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Entre todas aquellas magnificencias, vi al famoso niño de los ojos vendados, que tanto me había llamado la atención antes de ahora. Seguí andando y tan distraída iba mirándole y meditando una porción de cosas, que no vi que alguien atravesaba delante de mí y a quien favorecí con un hermoso pisotón.
-¡Ay!...¡Ay¡…gritó
-¡Ay! -dije yo dando un salto del susto y saliendo de mi éxtasis- ¿A quién piso?.
-¡Podía usted mirar por donde anda y no pasearse por encima de los invitados! –gruñó una voz varonil.
-¡Anda salero!. pero…¿Eres tú, payaso?
-Si yo soy. ¿Y tú… pero…¡si yo conozco tu cara! ¿De qué te conozco yo a ti? Si te pareces una enormidad a una muñeca íntima amiga mía, a quien yo quería con locura allá abajo en la Tierra.
-¡Ja, ja, ja! ¡Qué risa me da!
-Esa risa es de ella, pero…¡Si eres tú, muñeca!- dijo en una explosión de alegría el agraciado con mi pisotón, que no era otro que el payaso del bazar.
-Claro que soy yo, pues no te ha costado poco reconocerme. ¿Tan cambiada me encuentras?
-Hija mía, es que con ese traje y ese manto pareces una reina de opereta, más que una muñeca.
¡Ay, payaso, qué bonito es todo esto y qué feliz soy! Dije colgándome de su cuello de un brinco, sin acordarme de la cola y del manto.
-¡Maravilloso, chica, parece un sueño! ¿Quieres que vayamos al jardín a ver bailar a las hadas?
-Luego. Primero voy a enseñarte el cuarto más precioso de todo este palacio- y cogiéndole de una mano le arrastré hasta el salón de merengue de fresa.
-Todo esto- dije- es… ¡merengue!
-¿Todo?- preguntó el payaso relamiéndose, porque también era muy goloso.
-Pero me ha dicho Alegría que si probase tan sólo una pizca quedaría convertida en merengue de fresa para toda la vida.
-¿Tú crees?
-¡Ay! Fíjate esta pared que color rosa pálido tan apetitoso tiene. Pero, oye, payaso, no acerques tanto las narices porque preveo que vas a sucumbir a la tentación.
-Empieza por no acercar tú las tuyas de esa manera.
Efectivamente, los dos, atraídos y fascinados por aquel lienzo de pared, nos habíamos acercado tanto a ella que teníamos manchadas de merengue la punta de la nariz.
-Yo no puedo resistir más –grité-
Ni yo –dijo el payaso-
Y nos pusimos a lamer aquel lienzo de pared, con verdadero entusiasmo.
No había transcurrido medio minuto en esta deliciosa tarea, cuando caímos al suelo convertidos en dos merengues. Oímos un estallido formidable, y apareció un enano. Nos miró a los dos con desprecio y cogiéndonos a cada uno en sus manos nos arrojó con furia al espacio, desde un balcón diciendo:
-Por orden de nuestra reina Alegría, os mando a la Tierra.
Adán y Eva no creo que fueran arrojados del Paraíso con tanta violencia como lo fuimos el payaso y yo, del país del ensueño y de la ilusión.
Empezamos a bajar, a una velocidad vertiginosa, siempre convertidos en merengues de fresa y dando tumbos y a medida que nos acercábamos a la Tierra, sentía yo una angustia horrible. Al fin…¡zas, el choque con la tierra fue espantoso! Di un grito, abrí los ojos y me encontré en el suelo de la habitación de Dolly.
Todo había sido un sueño. Yo, en la excitación, me había caído de la cama, y Cricry, el perrito de mi dueña me estaba lamiendo la cara con el mismo entusiasmo con que yo había lamido la pared.
-¿Seguiré siendo merengue?- pensé aterrada.
Corrí al gabinete, encendí la luz, me miré al espejo y vi con satisfacción que era la misma muñeca de siempre.
Empezaba a amanecer y un rayito de luz sonrosada atravesaba por el balcón , iluminando la carita de Dolly, que dormía como una bendita. Trepé como pude a la cama y le di un beso con mucho cuidado de no despertarla.
De pronto me acordé de que estábamos a día 6 de Enero, día de los Reyes Magos. Corrí al balcón y vi curiosa los regalos que en él habían dejado a Dolly. Entre los muchos juguetes que trajeron , estaba el payaso del bazar. ¡Qué alegría! Me abracé a él y le dije:
-¡Bien venido seas mi buen amigo!.
 
Eladia Montesino-Espartero Averly